thumbnail_Mujer sentada sobre una Bestia Beato de Gerona

Ende: la primera iluminadora de la historia de España

Estudiar a la mujer en el medioevo es un trabajo interesante pero que conlleva el continuar derribando una serie de prejuicios, mitos y simplificaciones que suelen estar atadas a este período histórico[1]. El concepto «Edad Media» fue introducido por Petrarca y la denominación muestra el sentido de una edad intermedia entre la Antigüedad y «los tiempos nuevos» que (consideraban que) estaban viviendo los humanistas. Cuando el término fue utilizado por primera vez con sentido histórico, por Rausin, contaba con una caracterización negativa de la Edad Media la cual fue difundida por los iluministas en el siglo XVIII[2]. Es decir, desde que se adjudica un nombre a este período, tiene un sentido despectivo. Uno de los adjetivos que, con esta lógica, suele acompañar al período es el de «oscuridad» «Dark Ages» en inglés, y hay varios autores que ya se han dedicado a rebatir esta concepción[3]. El papel de la mujer en la Edad Media también está cargado de un velo de simplificación y misticismo: es una edad que abarca una gran extensión cronológica y espacial, simplificar la «mujer medieval» a un solo arquetipo sería un error[4]. Afortunadamente, es un camino ya allanado por distintos investigadores, que han generado una gran producción historiográfica sobre el tema.

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El imperio mongol y Gengis Khan

El siglo XII junto con el XI forman parte del período conocido como Plena Edad Media situado entre la Alta y Baja Edad Media. Esta época tuvo gran connotación para la historia europea ya que fue el momento en que las naciones actuales del continente empezaron a formarse gracias a las monarquías feudales de Francia e Inglaterra lideradas por la dinastía de los Capetos y la casa Plantagenet. En el Sacro Imperio germánico, el emperador, Federico I logró fortalecer el poder de la monarquía que tiempo atrás se había perdido en Italia y Alemania.[1]

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Barbarroja, el ungido de Dios: Conflicto con el Vicario de Cristo y mitificación del Staufen

Federico I de Hohenstaufen (1122-1190) fue emperador del Sacro Imperio Romano (que posteriormente recibiría la calificación de Germánico) entre 1152 y 1190. Debido al color rojizo de su barba, era llamado «Barbarroja». Bajo su reinado, el Sacro Imperio Romano afianzó su poder en Alemania y el norte de Italia, llegando a vivir sus momentos de mayor auge y esplendor. Sin embargo, sus intentos por extender y asegurar el poder del imperio en las regiones italianas, lo llevó a entablar conflicto con el papado.

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Santa Hildegarda de Bingen: La visión de una Abadesa audaz

Un vacío historiográfico ampliamente repetido nos ha hecho creer que el rol de la mujer medieval se limitaba a ser lo más parecido a un adorno. Incluso, en la historiografía tradicional, son escasas o nulas las menciones a las grandes figuras femeninas que conforman de igual manera que las grandes figuras masculinas el panorama histórico. Es cierto, que nuevos enfoques han ampliado el especto de estudio historiográfico,  ramas recientes como el estudio de género o la historia de las mujeres, buscan ir a aquellos lugares donde el vacío tradicional había pasado por alto[1]. Pero en el imaginario popular, o en la tradición, la mujer medieval es la princesa en grandes castillos enfunda en largos vestidos esplendorosos. Largas sesiones de costura, preparar banquetes, deambular por jardines acompañadas de un séquito de sirvientas. Lujo y ocio.  Bellas y delicadas. Más allá del gusto estético que debían producir no había otro rol para ellas. Ambas visiones, la idealizada o la demonizada de la época medieval, pone al margen de la historia a la mujer medieval. Esposa, madre, hija, subordinada. Ángel al que se le debe cantar. Ya sea admirada o suprimida queda por fuera de todas las esferas, ya se política, económica, religiosa y sobre todo científica. Por eso no extraña que una mujer como Hildegarda de Bingen pase desapercibida tanto en manuales de historia medieval como de filosofía, teniendo que remitirnos a una bibliografía, aunque muy prolífera por un creciente interés en su tan particular vida y obra, reciente en el tiempo y específica, pues rompe con el canon del imaginario popular y la tradición.

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“Philippe Auguste roí de France”. Aproximación al análisis documental medieval de la obra La Philippide: poème, de Guillaume Le Breton. En relación con la figura de Felipe II de Francia 1180-1223


En reiteradas ocasiones la visión sobre la Edad Media se encuentra relacionada con un juicio -generalizado- que incluye una carga valorativa, que suele ser negativa, oscura y sangrienta. Un juicio que se desprende de sistemas de creencias subjetivas, cuyo sustento argumentativo no posee una base empírica; construyendo en el imaginario colectivo una perspectiva que se aleja del hecho histórico y aborda el periodo desde una mirada anacrónica. Mirada que omite siglos de movimientos políticos, económicos, sociales, demográficos y artísticos, que marcaron una notoria transferencia en todo el orbe explorado y conocido, la cual contribuyó significativamente al desarrollo de gran parte de la humanidad. Estos movimientos serán encausados por diversos actores, tales como: comunidades, instituciones, naciones, reinos, imperios o personajes destacados. A todo lo señalado se crea la interrogante que motiva dicho trabajo: ¿cómo es posible que frente a tantas particularidades -extraordinarias- la Edad Media se continúe viendo y difundiendo como una etapa negativa en la historia de la humanidad? Posiblemente el afán por mostrar la historia en opuestos: buenos y malos, negros y blancos; nos está privando de la riqueza del periodo o al menos dando una raquítica y poco verosímil aproximación de la verdad histórica.